Comienzan a aparecer estudios sobre la insulina
Numerosos investigadores empiezan a analizarla, tanto
en su acción terapéutica como en sus efectos adversos
Tras la aparición de la insulina en 1921, son muchos los investigadores
que comienzan a estudiar las propiedades beneficiosas y tóxicas de este
nuevo medicamento. Los doctores A. Desgrez, H. Bierry y F. Rathery publican
en Paris Medical sus observaciones con la insulina.
"Sobre los efectos que provoca -comienzan diciendo los autores-, hemos
comprobado 4 puntos: 1) descenso de la glucemia en el animal y en el hombre;
2) elevación de la tolerancia para los hidratos de carbono; 3) disminución
y, aun a veces desaparición, de los cuerpos cetónicos; 4) restablecimiento
del equilibrio azoado.
La indicación más legítima de la insulina es el coma diabético,
en el cual ha producido verdaderas resurrecciones. También puede emplearse
en la diabetes consutiva, a condición de hacerse durante largo tiempo.
El modo de empleo se ha hecho casi exclusivamente por vía subcutánea
y sólo en algunos casos graves se ha recurrido a la inyección
intravenosa. Hasta ahora no han sido utilizadas la vía bucal o duodenal.
Las inyecciones se practican, en general, de un cuarto a media hora antes de
las comidas. Algunos autores recomiendan hora y media.
El número diario de inyecciones varía con la gravedad de la enfermedad;
ordinariamente se utilizan dos o tres.
En cuanto a las dosis, actualmente es casi imposible dar una posología
exacta, pues cada diabético reacciona de distinta manera. Las cifras
que se siguen son las propuestas por los autores canadienses y americanos, aunque
haciendo toda clase de reservas sobre su valor.
En los efectos no deseados se aprecian signos de nerviosismo con sensación
de hambre, después en sudores, temblor y, por último, fenómenos
de semicoma que pueden llegar hasta el coma completo y muerte. Tales accidentes
son debidos al parecer a dos causas: la primera es por una verdadera toxicidad
del producto, producida por la presencia en el mismo de ciertas sustancias indeterminadas;
y la segunda, por un descenso de la glicemia por debajo de 0,7 por 1.000, que
produciría la muerte si cae por debajo 0,3 por 1.000. Los casos de esta
última categoría pueden ser rápida y beneficiosamente influenciados
por la administración de azúcar (zumo de naranja, levulosa e incluso
glucosa y sacarosa), precedida o no de una inyección de adrenalina.
Como conclusiones se puede decir que la insulina no cura la diabetes, constituyendo por el momento una medicación de efecto pasajero que debe ser constantemente renovada. Pone al enfermo, al menos de forma pasajera, al abrigo de los accidentes de la acidosis, pero en modo alguno sustituye al régimen. Su administración es inútil en la diabetes simple, para la cual el tratamiento dietético resulta eficaz. La acción de la insulina debe ser estrechamente vigilada e inspeccionada por análisis metódicos de sangre y orina, cuya omisión expone a accidentes que pueden ser muy graves".
| Frederick Grant Banting y John J.R. Macleod | |||||
Frederick Grant Banting nació en Alliston (Canadá) el 14 de noviembre de 1891. Obtuvo la licenciatura de Medicina en la Universidad de Toronto, y sus primeros pasos se dirigieron hacia la cirugía ortopédica. Durante la I Guerra Mundial ejerció de cirujano militar y una
vez concluida, por azar, se dedicó a la Fisiología. Trabajó
en la Universidad de Ontario y más tarde en la de Toronto, que
fue la que albergó el hallazgo de la insulina. Posteriormente a
su descubrimiento, Banting asumió la Cátedra de Fisiología
de la Universidad de Toronto y dirigió el Instituto Banting, denominado
así en su honor, que centraba sus investigaciones en la silicosis,
el cáncer y las enfermedades coronarias.
John J.R. Macleod Posteriormente se trasladó a Canadá, a la Universidad de
Toronto, en donde tuvieron lugar los experimentos que condujeron al descubrimiento
de la insulina. En 1928 regresó a Escocia para ejercer de profesor
en la Universidad de Aberdeen. Murió en 1935 en esa misma ciudad. |
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